De la traducción también se vive, y no necesariamente mal

Para «inagurar» el blog propiamente dicho, me gustaría aportar mi granito de arena con una entrada de tono positivo y esperanzadora. Como algunos de vosotros ya sabéis, hace dos años que imparto clases en la universidad. Dado que mis alumnos son de último curso, me gusta saber qué opciones barajan para el futuro inminente que les aguarda y, sobre todo, si consideran la traducción y la interpretación como una salida profesional factible.

Y aquí recibo una de cal y otra de arena: si bien la mayoría admiten que el Grado en Traducción e Interpretación les abre muchas puertas, (muy) pocos quieren dedicarse realmente a la profesión, aunque reconocen que es una salida «más» a su disposición.

Una de las razones por la que los alumnos no ven muy viable vivir de la traducción es porque empezaron a estudiar en plena crisis, una palabra que se les ha repetido hasta la saciedad y que han acabado por adoptar como mantra. Sin embargo, la traducción es uno de los sectores que quizás haya sabido sortear mejor la omnipresente crisis. No voy a entrar en particularidades, sino que considerándolo grosso modo como sector, el volumen de trabajo ha aumentado, tal y como confirmó el informe de Common Sense Advisory, un think tank de la industria de la traducción. Según este informe, en 2012 el tamaño aproximado de la industria abarcaba unos 33.500 millones de dólares y se espera que en 2018 esta cifra aumente hasta los 37.000 millones de dólares. Paralelamente, la Oficina de Estadística de Estados Unidos ha previsto un crecimiento del 42 % para el sector entre 2010 y 2020. Cabe mencionar también el informe Adecco, que sitúa los estudios de Traducción e Interpretación entre las 3 carreras de Humanidades con mayor demanda.

¿Cómo puede ser que una actividad crezca en tiempos de penuria económica? Pues no debería sorprendernos porque, entre otros factores:

1) Las empresas, que son el principal motor de la traducción en el mercado privado, han apostado más por la exportación, con toda la retahíla de documentos que eso conlleva: catálogos y descripciones de productos, páginas web, manuales de instrucciones, contratos de compraventa, publicidad, patentes, y un largo etcétera.

2) Se crean más contenidos. Cuántos más agentes hay en el mercado, mayor es la interacción y en un mundo marcado por la globalización, esto es sinónimo de traducción.

3) La malnombrada «movilidad laboral» también ha generado un volumen importante de traducciones, tanto de ámbito personal (expedientes académicos, certificados personales) como mercantil (contratos de trabajo y de arrendamiento, por ejemplo).

4) Parece haber una mayor concienciación entre empresas y profesionales para traducir páginas web y demás material corporativo por lo menos al inglés, incluso cuando no tengan una intención directa de atraer público extranjero, pero que consideran que les da una imagen más sólida y fiable.

5) Las traducciones automáticas todavía distan mucho del trabajo humano.

Así pues, a pesar de los recortes, la recesión y el pesimismo del mercado, parece ser que la traducción, a fin de cuentas, no goza de tan mala salud. Prueba de ello es que hay un gran número de traductores e intérpretes, tanto en plantilla como autónomos, que vivimos de nuestra profesión incluso en un país altamente azotado por la crisis.

Pero ojo, esto no significa salir de la carrera y encontrar trabajo a tutiplén. Si bien es cierto que algunos tardan poco en colocarse en empresas de traducción, dar el paso hacia el autoempleo puede ser un proceso más lento, que trataré en otra entrada más adelante. Con un poco de paciencia y buen hacer, hacerse un hueco en el mercado no es imposible. Además, es una profesión que roza el arte y que no solo te permite vivir haciendo algo que te gusta, sino también vivir bastante dignamente. Tampoco nos engañemos: aparte de los propietarios de Trados y algunas grandes agencias de traducción, diría que hay pocos traductores millonarios, pero me imagino que nadie se mete en Traducción para acabar en Forbes.

¿Y la interpretación?

En este caso, por mi propia experiencia y lo que he podido saber a través de otros compañeros, el sector sí se ha visto más afectado y ha sufrido una caída importante. Es probable que una de las razones principales sean los honorarios de interpretación, que para quien no esté familiarizado pueden resultar elevados, por lo que muchas empresas y organismos públicos han decidido prescindir de este servicio y «arreglárselas» con personal propio o, directamente, optar por una lingua franca, que suele ser el inglés.

Sobre las consecuencias de esta situación, hablaremos otro día. De momento, mi percepción es que para los que entramos en el mercado privado en los últimos años está siendo más difícil encontrar un nicho, así que la gran mayoría tenemos que compaginar la interpretación en la medida de lo posible con la traducción. Encontrar proyectos de interpretación en unas condiciones dignas puede llegar a desesperar, pero existen. De nuevo, hay que ser paciente y no dejarse llevar ni por la frustración, ni por el primer caramelo que se nos presente, sino saber elegir y elegir bien.

 Así pues, vistas las previsiones dedicarse a la traducción y, con más paciencia, a la interpretación puede que no sea tan mala idea en los tiempos que corren. ¡Larga vida a la profesión!