Calculemos bien nuestras tarifas (I): ¿Para quién trabajamos?

El inicio de curso nos hace reflexionar a muchos. Después de dos meses de trabajo a ralentí (por lo menos en España, donde en agosto se para absolutamente todo), algunos deciden lanzarse a la aventura de ser autónomo, mientras que otros piensan (pensamos) en cómo afrontar los próximos meses con la cartera de clientes actual. En este contexto, es normal que uno acabe a vueltas con las tarifas, ese gran tabú entre traductores e intérpretes, preguntándose si estamos aplicando las tarifas adecuadas o si dedicamos demasiado esfuerzo a encargos que nos cunden poco.

Fijar unas tarifas que te permitan vivir con cierto desahogo sin tener que trabajar 23 horas al día es, para mí, uno de los principales retos de los traductores autónomos, así que he decidido dedicar algunas entradas a la configuración de las tarifas. Como siempre, hablo desde mi experiencia personal como profesional autónoma; no hago recomendaciones (¡la comisión de competencia me libre!) y cada cual es libre de hacer lo que le parezca. Pero si mi experiencia puede servir como orientación a otros, pues por qué no compartirla.

Cuando empecé a trabajar como autónoma, me dije que lo primero que tenía que hacer era preparar una lista de tarifas. Así, cuando me llegaran los primeros encargos para presupuestar, lo tendría muy fácil lista en mano. Poco tardé en ver que no todos los encargos son iguales y nos van a tomar el mismo tiempo, ni tampoco lo son los clientes. Comprendí que con una lista de tarifas fijas no iba a ninguna parte, sino que cada proyecto tiene unas características y en función de estas, nos saldrá rentable trabajar por un precio u otro.

La combinación lingüística, la especialidad, el tipo de traducción, el plazo… Todos ellos son factores determinantes a la hora de fijar el precio de una traducción, pero hay otro que a menudo pasamos por alto y que es de igual relevancia: saber para quién trabajamos. Cada tipología de cliente tiene unas ventajas y unos inconvenientes que debemos sopesar a la hora de proporcionarles nuestras tarifas. Veamos cuáles son:

Agencias de traducción

Probablemente, el empleador más común entre los traductores autónomos. Las agencias actúan como intermediarias entre el cliente final y el traductor autónomo. Hay agencias para todos los gustos, algunas que funcionan a la perfección y otras que nunca acabas de entender cómo siguen adelante.

Ventajas: pueden proporcionar volúmenes de trabajo más elevados y constantes. Debido a la capacidad de gestión que tiene una agencia, trabajan con clientes o proyectos que un autónomo difícilmente podría conseguir por otra vía. No es extraño que las agencias tengan convenios de colaboración con grandes grupos empresariales u organismos públicos que les envían trabajo regularmente y en grandes cantidades. Además, si llevamos tiempo trabajando con una agencia y los mismos gestores de proyectos al final puedes acabar teniendo una muy buena relación con ellos que, para qué engañarnos, siempre se agradece y te facilita el trabajo.

Si las agencias tienen una extensa cartera de clientes es porque realizan un trabajo de marketing que, nosotros, como autónomos nos ahorramos. Por lo tanto, nos beneficiamos de la publicidad de otros. Esto tiene una consecuencia importante y es que los clientes de la agencia no son nuestros clientes. Digo esto porque en páginas web de traductores veo con frecuencia cómo se incluyen logotipos de clientes que muy difícilmente van a trabajar con un autónomo y a los que normalmente no se les pide permiso para incluir su logo.

Además, nuestro pagador es la agencia y no el cliente final, ya que nuestra factura va a nombre de la empresa de traducción. Esto nos debería aportar cierta seguridad. Si el cliente final no pagase a la agencia, nosotros deberíamos cobrar igualmente la factura, ya que quien responde ante nosotros es la agencia, y no el cliente final.

Inconvenientes: los gestores de proyectos suelen tener órdenes de sacar el margen más alto posible en cada encargo y, por lo tanto, presionan más con las tarifas y a menudo aplican descuentos por repeticiones y matches. Además, al no estar en contacto directo con el cliente, el proceso de enviar dudas-recibir respuesta puede tardar un poco, algo que no nos ayuda nada si tenemos un plazo de entrega ajustado. A veces (y resalto a veces) los gestores no son traductores o no han trabajado nunca como tales y no son conscientes de qué significan las condiciones que imponen.

Clientes directos o finales

shutterstock_381763606En este caso, no hay intermediarios, sino que ofrecemos nuestro trabajo a la persona o empresa que necesita la traducción. Dentro de esta categoría hay que diferenciar entre personas físicas y personas jurídicas. Es decir, si trabajamos para un particular, o para empresas, instituciones u ONGs.

Ventajas: puedes estar en contacto directo con el cliente en caso de tener preguntas y siempre tienes un trato más personalizado.

Inconvenientes: normalmente, para que un cliente directo acuda a ti tiene que haber cierto trabajo de marketing detrás, aunque sea darse a conocer en el barrio. También suelen proporcionar volúmenes más bajos o menos regulares de trabajo y estamos más expuestos a los impagos, unos factores que, como veremos en la próxima entrada, deberían reflejarse en el precio.

Otros traductores

Muchas veces olvidamos que parte del trabajo  puede llegar de la mano de colegas de profesión, ya sea porque no pueden asumir una cantidad tan elevada de trabajo, ya sea porque les piden combinaciones que no cubren personalmente pero quieren dar una solución al cliente.

Ventajas: con frecuencia, los colegas suelen ofrecer buenas condiciones tanto de tarifas como de plazos porque conocen de primera mano qué se siente al estar «al otro lado» y verse presionado con los precios y los plazos de entrega. ¿Quién nos va a entender mejor que otro colega a la hora de trabajar? Aunque, por supuesto, de todo hay en este mundo.

Otra ventaja interesante de trabajar con otros traductores en un mismo proyecto es que se puede aprender mucho del trabajo de los demás, tanto de contenidos y mecanismos de traducción, como de ética profesional y gestión de proyectos.

Inconvenientes: suele tratarse de colaboraciones más o menos esporádicas y en caso de haber problemas durante la gestión del proyecto, puedes entrar en una situación más incómoda que si trataras con un gestor de proyectos a quien no conoces o con quien tienes menos confianza.

En la próxima entrada veremos cómo servirnos de esta clasificación para establecer unas franjas de tarifas acordes con el riesgo que asumimos en cada encargo o la estabilidad que nos proporcionan determinados tipos de clientes.

PD: Tanto en esta entrada como en las siguientes me abstengo de tratar la traducción literaria, cuya tarificación es distinta a la del resto de modalidades de traducción, así como sus clientes, que son las editoriales.

 

Un comentario en “Calculemos bien nuestras tarifas (I): ¿Para quién trabajamos?

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